Pavlov y la izquierda “internacionalista” española

Son sobradamente conocidos los experimentos realizados por Iván Pavlov sobre perros. Les mostraba alimentos y los canes, lógicamente, respondían segregando jugos gástricos. Pero la visión de los alimentos era sistemáticamente acompañada por el sonido de una campana. Al final logró que los perros segregasen jugos sin la existencia de la comida, sólo por el hecho de escuchar aquel sonido que asociaban a la misma, con lo que quedaba demostrado el que un estímulo que no tenía que conllevar una reacción determinada, mediante el correspondiente adiestramiento si podía provocarla. Eran los denominados como reflejos condicionados. Pues bien, las visiones, actitudes y alternativas de ciertas izquierdas andaluzas con respecto a nuestra tierra, esas que asumen con naturalidad lo español y rehuellen toda consideración de lo andaluz más allá de lo geográfico, y en algún caso ni esto, constituye un ejemplo nítido de un reflejo condicionado.

Hace unos días asistí a una reunión de diversos colectivos políticos, sindicales y sociales con vistas a organizar de manera conjunta una próxima movilización popular. Entre ellos los había que se reconocían como nacionalistas andaluces, desde posicionamientos de clase, y otros que partiendo de esa misma base ideológica obrera defendían posicionamientos antinacionalistas y se definían como “internacionalistas”. No obstante, esos “internacionalistas” no respondían de idéntica manera ante cualquier mención de lo nacional. Cada vez que se introducía la palabra Andalucía, en cada ocasión en que se adjetivaba la posible acción común de andaluza, se hablaba de trabajadores andaluces o tan siquiera se enmarcaba la actividad a organizar dentro del ámbito geográfico de nuestro país, surgía entre sus filas la negativa, la aclaración de que no eran nacionalistas, el reproche acerca de posibles manipulaciones “andalucistas” e incluso la advertencia de que la unidad de acción, si se quería contar con ellos, no podría poseer la más mínima característica o connotación que pudiesen entender como “nacionalista andaluza”.

Por el contrario, esas mismas voces tan contrarias a cualquier consideración o “manipulación” nacionalista andaluza no surgían de igual manera cuando se introducía el término España, se adjetivaba de española la posible acción conjunta, se hablaba de trabajadores españoles o se pretendía enmarcar la actividad dentro de un ámbito estatal español. Tan siquiera alusiones explícitas a la nación española o  al pueblo español  les hizo reaccionar de forma negativa. Más aún, esas menciones a lo español y los españoles surgieron, precisamente, de algunos de los representantes de esos colectivos “internacionalistas” que subían automáticamente la guardia y les surgían suspicacias ante cualquier mención a Andalucía y la adjetivación de andaluz.

Es comprensible el que una parte de la izquierda revolucionaria, partiendo de una errónea conceptuación de las realidades nacionales y de las identidades colectivas, hayan ignorado en sus análisis y actividades a las nacionalidades y los pueblos oprimidos, incluso que combatan dichos conceptos como  ajenos y hasta contrarios a los de la clase trabajadora. Son aquellas que no han sabido diferenciar entre las naciones, los estados y los estado-nación, cosa que si supieron hacer los pensadores a los que se remiten como referentes ideológicos. Esto les lleva a atribuir a la burguesía la invención y creación de las nacionalidades  e identidades populares y, como consecuencia, a catalogar como de burguesa toda reivindicación nacional o identitaria, a la que contraponen un “Internacionalismo” que no conoce ni reconoce patrias, sólo clases.

Pero en ésta ocasión nos encontramos ante un peculiar caso de nacionalismo selectivo, que les hace entender como tales exclusivamente a los “nacionalismos periféricos”, que dirían los estatalistas españoles, tomando en cambio cualquier referencia a España o lo español como si se tratase de una adscripción natural, una delimitación lógica o una adjetivación inicua, en contraposición a la artificialidad y tendenciosidad de la mención a Andalucía y lo andaluz, lo que les lleva a concluir que se colocan fronteras, se ponen límites o se divide a la clase obrera cuando se hace referencia al ámbito andaluz, mientras que se traspasan fronteras, se rompen límites e incluso se une a la clase obrera cuando la referencia es al ámbito español o el estatal. Si el marco de demarcación o actuación es Andalucía se es un nacionalista y si es España se es un “internacionalista”, contradiciéndose a sí mismos,  pues un “internacionalismo” delimitado o determinado por los límites fronterizos del Estado Español no es internacionalismo, ni  tan siquiera desde la coherencia dentro de sus propios puntos de vista, es un mero sucedáneo del mismo, el “internacionalismo” español, otra variante del nacionalismo español. Que se haga consciente o inadvertidamente no cambia hechos ni consecuencias, y tampoco la conclusión.

La coincidencia de criterios y la equivalencia existente entre nacionalistas españoles y estos “internacionalistas” españoles de nuestra tierra no es casual sino causal. Es la consecuencia del condicionamiento colectivo sufrido por nuestro pueblo desde comienzos de la ocupación. La aplicación por parte de los conquistadores de unos procedimientos semejantes a los utilizados por Pavlov en sus experimentos, y cuya meta era idéntica; el implantar un reflejo condicionado que conllevase que renegasen de sí mismos y se  identificasen con su agresor. Una especie de Síndrome de Estocolmo inducido, que no constituye una excepción sino una regla que forma parte del plan global de actuación con respecto a los lugareños practicado por el imperialismo occidental a lo largo de la historia en los territorios que ha colonizado. Es lo que  Franz Fanon denominaba “la mentalidad colonizada”, una “reeducación” forzada de la población que les resultaba imprescindible para asegurarse, en primer lugar el control directo sobre la misma, y posteriormente el dominio neocolonial a través de las propias élites locales ya adoctrinadas.

Esa mentalidad colonizada abarca todos los ámbitos. Convierte a los pueblos en acomplejados con respecto a sí mismos, convencidos de padecer una “inferioridad” cultural, económica, etc., con respecto a la superior civilización del conquistador. Esta tipología de acomplejamiento se da en un grado mucho más acentuado entre sus dirigentes político-sociales y sus intelectuales, lo que les lleva a estos a convertirse en los gendarmes y capataces de su propio pueblo. Es esa mentalidad colonizada lo que explica ese esfuerzo por abandonar todo signo de diferenciación y por adoptar como propias las visiones, creencias y costumbres del ocupante. Es lo que les hace esforzarse particularmente en ser aceptados por el dominador mimetizándose con él y su mundo; expresándose, vistiendo, sintiendo y pensando “correctamente”, o sea como ellos. Es lo que les hace verse y considerarse como más occidentales que los propios occidentales y, en el caso andaluz, el verse y considerarse como los más españoles entre todos los españoles.

Quizás la mejor exposición sobre esta especie de lobotomía ideológica la realizó Malcolm X cuando la ejemplificó contraponiendo las aptitudes de dos grupos de esclavos negros; aquellos que trabajaban el algodonal y los que servían como criados en las haciendas esclavistas del sur. En una entrevista televisiva donde un intelectual negro “moderado”, un seguidor de Luther King, le acusó de que con sus “radicalismos” perjudicaba los intereses y la integración en la sociedad estadounidense de la población afro-americana, Malcolm X le contesto afirmando que: “Históricamente, había dos clases de esclavos en las plantaciones: el negro de la casa y el negro del campo. El negro de la casa vivía en la casa, junto a su amo, en la casa grande; o bien en el sótano o en el desván. Se vestía bien y comía bien, de las sobras del amo. Quería a su amo, yo diría que lo quería más que lo que el amo se quería a sí mismo. Si el amo preguntaba; ¿tenemos una casa bonita?, el respondía, si amo, tenemos una casa bonita. Si la casa del amo se incendiaba, el negro de la casa corría a apagar las llamas. Si el amo de la casa enfermaba, decía; ¿qué le pasa amo, estamos enfermos? ¡Estamos enfermos!, esa era la mentalidad del negro de la casa. Si otro esclavo se le acercaba para decirle: ¡huyamos, separémonos, escapémonos de este amo cruel!; él decía: ¿para qué?, ¿qué hay mejor de lo que tenemos aquí?, ¿huir?, yo no me voy a ninguna parte. Así era el negro de la casa. Entonces era el negrito de la casa, y sigue siéndolo, porque aún hay muchos negritos de la casa correteando por aquí". Poseer esa mentalidad y esas actitudes de “negrito de la casa” es lo que los afro-americanos concienciados refieren también como ser y actuar como un “Tío Tom", en referencia a ese “comprensivo”, integrado y sumiso personaje descrito por Twain en “La cabaña del Tío Tom”.

Como en el caso de los afro-americanos estadounidenses, entre nuestros dirigentes políticos, sociales e intelectuales abunda la mentalidad de “negrito de la casa”. Pero también entre estos “internacionalistas” españoles. Todos ellos conforman la nutrida y variopinta legión de los “Tío Tom” andaluces, consecuencia de ese experimento de condicionamiento colectivo realizado por los pavlovs españolistas, que les hace oír el sonido de la campana ante cualquier mención a Andalucía o lo andaluz. Que les hace actuar como agentes inconscientes al servicio de sus intereses. Como los perros que guardan la finca del amo español, ladrando a quien amenace la propiedad de estos sobre nuestra tierra.

 

Francisco Campos López

 

 

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